Manuel llegó del colegio, se descalzó en el zaguán de su casa y subió rápidamente al baño a lavarse las manos. Un olor a chorizo y panceta le persiguió como una ráfaga por las escaleras e invadió su habitación.

—Mamá hizo lentejas, qué asco, ya podría haber hecho filete con patatas.

Se entretuvo ordenando su cromos de Pokemon, con la intención de que su madre se olvidara de llamarle a comer pero, como cada día, la casa retumbó:

—Manuel, ¡quieres hacer el favor de bajar a comer!

No había escapatoria, cualquier contestación activaría el modo Godzilla de su madre y hoy no era el día más indicado. Traía las notas. Ese papelito plagado de líneas y numeritos, todos rondando el cinco. Y con todos esos comentarios maliciosos de su profesora, que su madre aprendía como un mantra y empleaba al menor descuido: “El niño tiene que prestar más atención porque está siempre distraído”, “Manuel no juega con los demás niños en el recreo” o “Tiene que cuidar su material porque siempre trae los libros con pintadas”

Manuel bajó presto y se sentó en la mesa. Su madre llevaba puesto el chándal oscuro de todos los días, que solo se quitaba si salía a comprar. Entonces se vestía con los vaqueros y el jersey negro. Desde que trabajaba en casa, no la había visto ponerse uno de esos vestidos coloridos que siempre usaba para ir a la oficina.

—Mamá… —empezó Manuel con su primera cucharada

—¿Ya estás como todos los días? ¿Quieres empezar a comer? —contestó ella sin levantar la mirada de la pantalla de su móvil.

—Mamá es que…

—¡Que te calles y comas de una vez! ¡Qué pesadilla de niño!

Manuel bajó la vista al plato. Uno, dos, mil quinientas sesenta y cuatro lentejas por delante. Una a una en cada cucharada. Una tos repentina de su madre hizo que saliera de su dimensión paralela y se fijara en el crío. Su cara se encendió y el manotazo en la mesa paralizó hasta los relojes del salón.

—¿Me estás tomando el pelo, hijo mío?, ¿quieres comerte las lentejas como Dios manda? Mira que hoy no tengo el día para tonterías, ¡eh!

—Mamá, oye…—susurra Manuel sabiendo que estaba desafiando a su suerte.

—A la cocina. Vete ahora mismo a comer a la cocina. Y no quiero verte hasta que tengas el plato vacío. Dame paciencia, Señor—.La madre bajó la mirada de nuevo a la pantalla.

Manuel se sentó en el incómodo taburete y se metió una cucharada con 26 blandas y babosas lentejas. Masticó con ganas, pero no consiguió tragarlas. Probó a beber un trago de agua fría en su vaso de Spiderman, pero eso no hizo más que agrandar el tamaño de la bola.

—Come pan—escuchó a su madre gritar desde el salón.

Pegó un mordisco al pedazo de pan. De repente, sintió que no podía cerrar la boca, porque una masa expansiva, blanda y elástica se hacía grande entre sus dientes. Más y más, su mandíbula se abría sin casi dejar espacio a su lengua. Apenas sin respiración, salió corriendo al salón. Su madre, al verle, lanzó el móvil al suelo, corrió hacia él y le atizó varios golpes bruscos en la espalda.

El crío cada vez tenía la cara más morada. Ella lo atrajo hacia sí y le aplicó presión bajo las costillas con los puños. Manuel expulsó una bola del tamaño de una pelota de balonmano con lentejas y tropezones ácidos y amargos de patadas en el baño del colegio, palabras dolorosas escritas en sus libros y la soledad silenciosa de un patio ruidoso. Manuel, exhausto, cayó al suelo y se hizo pequeño. Su madre se acurrucó a su lado. Un torrente de lágrimas limpió el comedor de bolas, lentejas y palabras silenciadas. El móvil, que no soportaba el agua, se apagó.