Un día de furia

 

Estoy sentada, con la espalda recostada en la silla de oficina, esa que compré para poder trabajar a gusto en casa. Estoy concentrada escribiendo el relato que me ha pedido mi editor. Debo presentarlo esta semana. Parece que las palabras salen solas, estoy concentrada, por fin, después de un fin de semana con un plan tras otro. Es mi momento, la página se va llenando de letras, palabras, frases no muy subordinadas, que si no peco de retorcida. Ya lo sé, breves y contundentes. Sorbo un poco de café con leche, aún está caliente tras un rato en mi mesa. Disfruto del silencio, roto solo por el ruido de las ramas rozando el cristal de la ventana. Y en ese momento, suena el móvil. Una llamada del colegio. Su profesora. La de ella. Por favor, madre, ¿puede pasar a recoger a su hija? Debe estar una semana confinada, por un positivo de un amiguito, me dice la mujer.  No me jodas, no me lo puedo creer. ¡Una semana!

Abro el grupo de wasap de las madres de clase y empiezo a leer uno a uno los mensajes de ira, cólera y desesperación. ¿Con quién voy a dejarles?, dice una. Tengo un viaje esta semana y su padre se ha ido con la otra a París, comenta otra. ¿Qué voy a hacer con mis clases de pilates? dice la pija. Yo las leo con pena. Algo bueno tendrá ser escritora autónoma, que puedo hacer frente a esos imprevistos.

Salgo de casa y me acerco al colegio. La profesora suelta a los niños como si fueran ovejas. Mi hija corre hacia mí y me abraza fuerte. Mami, ¿qué vamos a hacer estos días? Esa pregunta otra vez. Así, en frío. Cada vez que la pronuncia, mi columna se enerva y siento mi cabeza girar sin control. Esa pregunta. Parece algo sin importancia, dicha por una niña adorable. Pero es lo que precede al caos. A mi caos.

Volvemos a casa y preparo su comida con lo que quedó de ayer. Yo tomaré algo cuando termine de escribir el relato. Mientras come, subo a mi despacho y enciendo la pantalla. Escucho a lo lejos los diálogos de los dibujos animados en la tele. ¿Dónde me había quedado? Ah sí, cuidado con los verbos, no los mezcles. Y mucho olor, mucho sabor. Y los buenos, no tan tontunos. Y los malos, no te pases de cabrones. Está quedando estupendo, pienso.

Mamá. Ahí va el primero. Levanto la vista del ordenador y miro hacia la ventana. Mamaaa. Se está empezando a nublar. ¡MAMÁ! Me giro y ahí la tengo. Con un folio en blanco, unas tijeras y pegamento en la mano, mirándome con ojos suplicantes. ¿Me dibujas una rata?, me dice. Una rata, me quedo pensando. Mamá, ¿no me escuchas? Quiero que me dibujes una rata, me pide pegada a mis piernas. Cojo su folio y un rotulador y empiezo a dibujar algo parecido a un roedor. Se lo doy y sale contenta de la habitación.

Me siento frente al ordenador y respiro profundo. Tengo que darme prisa para entregar el relato a tiempo. No sé cómo terminarlo. Mamá. Entra sigilosa en mi cuarto. Mamáaa. Cierro los ojos y me llevo las manos a la cara. ¡Mamá!, eso no es una rata, es un ratón. Yo quiero una rata, dice ella. Me quedo mirándola, con sus ojitos verdes y su boca con dentadura de leche. ¿Cómo es posible que con esa carita me saque tanto de quicio? Cojo su dibujo y le cambio los ojos. Los hago más pequeños, que apenas se vean. Borro un poco el contorno y le añado una gran chepa. Y pueblo más su bigote con varios pelos de distinto tamaño. Toma, y déjame trabajar, por favor, le pido mientras le doy un beso.

Repaso el texto que llevo escrito, una y otra vez. Y otra más. No termino de encontrar el final. Miro por la ventana. Una gran nube negra está descargando lluvia unos kilómetros más allá. Una cortina negra se extiende en el horizonte. Se escuchan los truenos, las ramas golpean más fuerte contra la ventana. Mamá. No puede ser, no han pasado ni dos minutos. Mamá, ¿me dibujas a las hijas de la rata? Quiero tres, una pequeña, y dos más grandotas, pero no tanto como la madre. Y quiero que me dibujes una casita para que no pasen frío en invierno. Mamá, ¿me escuchas? No mires a la ventana. Mira, aquí puedes…¿mamá?¿Qué te pasa? Mamá, ¿estás bien?

De repente, siento cómo mi cuerpo se expande y se llena de pelo corto, pelo negro. Me llevo las manos a la cara. Ya no son manos, son garras. Un par de grandes incisivos sobresalen de mi mandíbula. Me pica la espalda, más abajo, en el culo. Una cola ha perforado mi pantalón y se mueve sin control. Miro a mi hija. Veo su cara de terror. Esos ojos verdes, esa piel delicada, sus piernas torneadas.

Mamá, la escucho decir con voz temblorosa. El último. Ni uno más. Una brasa interna sube por mi garganta y tiñe de rojo mis pequeños ojos de rata. Abro mi boca y la devoro, primero sus piernas, con ropa y todo, sigo por el cuerpo, los brazos y termino por su cabeza. Mamá, un débil susurro se queda prendido en el aire, después de engullirla entera.

Me siento de nuevo frente al ordenador. Empiezo a escribir una palabra, luego otra, pero las borro al instante. Siento una acidez que me llega desde la tripa. Creo que el jersey de lana merina me ha sentado mal.  En ese momento, un impulso me eriza todo el pelo negro, la cola se agita violentamente y las orejas se ponen tiesas. Mi pequeña pezuña aprieta el botón de enviar. Sin haber escrito el final. Quizás parezca que lo he hecho a propósito, así en plan interesante, como esos escritores a los que no lee ni su madre. Seguro que a mi editor que le encanta.

 

 

¿A quién le ha pasado? Venga, levanta la mano

Además de relatos, escribo libros infantiles. Si te apetece cotillear, te dejo la info por aquí.

Gracias por leerme

 

 

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