MIRADA DE AGUA

Rosa encendió la luz del baño y allí, de repente, se encontró consigo misma. Se miró fijamente al espejo y no se reconoció. Hacía mucho tiempo que su mirada se fijaba más adentro que fuera, un dolor imposible la mantenía sumergida en un mundo de nieblas. Pero aquel día decidió no tomar más medicinas. Sabía que le quedaba poco por recorrer en este sendero y quería abandonarse con la mente despierta.

Se miró fijamente a los ojos verdes, y vio el resplandor del río en el que se bañaba de niña junto a sus primos. Esa corriente cristalina pudo ver cómo sus trenzas infantiles se deshacían en una melena salvaje que flotaba río abajo. Sintió como el agua helada recorría su cuerpo desnudo abandonado a la corriente.

Bajó su mirada a la boca y siguió sus surcos hasta tórridas tardes de agosto envuelta por el rumor de los pinos. Cada tarde recogía a Miguel y escondidos en algún lugar del bosque, jugaban a encontrar rincones desconocidos de sus cuerpos, envueltos en el ensordecedor zumbido de las chicharras.  

Se llevó las manos al pelo, un fino ramillete de cabellos grises que antaño fueron una explosión de fuego. “La bruja” la llamaban los chicos, que la miraban pasar agazapados tras los coches, soñando con dormir enredados en su melena olorosa.

Sus ojos se posaron en sus arrugadas manos y sintió la primera vez que acarició a su hija, el estremecimiento al cogerla en brazos por primera vez y arroparla con sus palmas. Esas manos que la mecieron y la agarraron hasta que necesitó volar y que un día se soltaron para siempre.

Dio un paso atrás y pudo mirarse por completo. Aquel cuerpo pequeño y frágil había gozado, había sido un nicho de vida y un fortín inexpugnable. Solo Miguel había transitado por sus huecos, sus grietas, por sus surcos. Cuando murió, a los cuarenta y nueve años, ningún hombre volvió a verla desnuda. Como se veía ahora, ella sola ante el espejo, que todo lo reflejaba. Veía las carreras para alcanzar el autobús amarillo, que le llevaba cada mañana a la oficina de telegrafía. Veía sus rotundas caderas moviéndose embrujadas por la música de los guateques. Veía sus pies descalzos deslizándose por el prado en primavera.

Llegó a la habitación de su madre y la encontró desnuda. No sabía en qué momento se había hecho tan pequeña, tan frágil. Se miraron a los ojos y el río brillante se juntó con un mar húmedo. La ayudó a vestirse con la bata del hospital y la subió a la cama.

Sus manos se posaron en las arrugas de sus ojos, siempre vibrantes en ese rostro risueño.

Descendió hacia su boca, acercó su cara y pudo escucharla cantar entre sueños.

Acarició su pelo que aún conservaba un tenue brillo de color.

Agarró sus manos y se las acercó a su cara. Tantas caricias no dadas. Ahora sabía cuánto las había necesitado su madre con su marcha. Cuánto las necesitaba ella ahora. Pero ya era demasiado tarde.

Sus manos embadurnadas con crema recorrieron aquel cuerpo suave y blando. Acarició sus pies, sus piernas, su vientre. Reconoció la cicatriz de su nacimiento y sintió que no podría conocer a su nieta.

La arropó y acercó su silla a la cama. Entrelazó sus dedos con los de ella. Su madre entreabrió los ojos y esbozó una dolorosa sonrisa. Se llamará Rosa, mamá.