La hiedra envuelve aquella fortaleza de ladrillo. Poco a poco, ha ido cubriendo la casa de la abuela. Como hace el tiempo con mis recuerdos. Es la primera vez que voy sola, con mi propio vehículo. La puerta gruñe al abrirla, como si supiera la intención de mi visita.

Cada verano, mis abuelos venían a recogerme a la ciudad y juntos, viajábamos a la casa del pueblo. Nada más montarme en el coche, la abuela me regalaba una bolsa entera de peladillas, que iba mordisqueando despacio para que me durase todo el viaje. El abuelo conducía siempre, y hacía pequeñas paradas para refrescarnos en alguna fuente del camino. Mi hermano pequeño se quedaba con mis padres, y yo me sentía de nuevo hija única. Cuando llegábamos a la casa del pueblo, la abuela abría las contraventanas de par en par, levantaba las sábanas que cubrían los viejos muebles y la casa despertaba a un nuevo verano.

Mientras guardaba la ropa en el armario de mi habitación, el aire se mezclaba con olor a canela y mantequilla: la abuela estaba preparando un bizcocho para merendar. Me tumbaba en la cama y cerraba los ojos para escuchar el crujir de la casa. Parecía que se alegraba de tenernos de nuevo allí. Los grillos competían conmigo en las cenas, por ver a quién escuchaban los abuelos. Después de un año, había tantas cosas que contarles.

Todas las mañanas, me desperezaba y me iba a la habitación de los abuelos. Ellos siempre madrugaban y bajaban temprano a desayunar. Cuando abría la puerta, me encontraba su cama perfectamente hecha. Me subía encima y empezaba a dar saltos. En mi casa tenía terminantemente prohibido saltar en la cama, pero aquí a la abuela no le importaba, aunque luego tuviera que repasarla de nuevo. Ella me dijo una vez que cuando pudiera tocar el techo, descubriría algo maravilloso.

Así que cada mañana, saltaba y saltaba con más ganas que el día anterior. Alargaba el brazo intentando rozar el techo con las puntas de los dedos. O saltaba muy recta, con los ojos cerrados, para sentir el golpe del techo contra mi cabeza. Incluso lo intentaba con las piernas, como esos futbolistas que veía en la tele. Pero nada, no era capaz de tocarlo, ni siquiera rozarlo. Una vez di un salto tan fuerte que me caí el suelo y me torcí el tobillo. La abuela me lo vendó y me dijo que parara de saltar, pero en cuanto pude, volví a intentarlo. Tenía que descubrir aquel misterio.

Los días pasaban en la casa del pueblo, entre paseos por el campo, chapuzones en el río y manchas de mora. No necesitaba nada más. Mis padres venían a verme con el Chillón algún fin de semana, pero yo deseaba que llegase el domingo para quedarme a solas con los abuelos. 

Una mañana me desperté y fui a su habitación. El abuelo aún no se había levantado, y estaba durmiendo arropado con varias mantas. La abuela me hizo bajar a la cocina y me preparó una taza de colacao bien fría. Aquella mañana, no pude saltar en la cama. Ni las siguientes. El abuelo no bajaba ni a comer a la terraza. El silencio invadió la casa; hasta los grillos cantaban más bajo. Los días pasaron, uno tras otro. Y mis padres vinieron a recogerme antes de lo habitual. El abuelo debía descansar, me dijeron.

Al verano siguiente, mis padres me enviaron a un campamento para aprender inglés. Aquel lugar no olía a canela ni a mantequilla. Nos hacían levantar casi de noche y nos ponían tareas y clases durante todo el día. En las normas del centro, se decía que el que saltara en la cama, sería amonestado con cinco días sin postre. La verdad, es que estaba tan cansada que ni lo intentaba. Además, aquél techo era tan alto que nunca lo hubiera alcanzado. Cada semana, recibía una carta de la abuela. Una vez me contó que había visto una pareja de ardillas cruzando de árbol en árbol como si hicieran carreras. Y otra vez que había caído una tormenta tan fuerte que casi hacía que se desbordase el río. Siempre me decía que me quería, y yo sabía que nos echaba de menos, al abuelo y a mí,

Los años de campamento dieron paso a mis viajes con mis amigas. María ya conducía y nos pasábamos los veranos yendo de una playa a otra, durmiendo en una tienda de campaña y sin más planes que viajar hasta que durase el dinero ahorrado durante el invierno. Ir a visitar a la abuela no entraba en mis planes. No quería encerrarme entre cuatro paredes y un techo.

Hace un año que nos dejaste y hoy vuelvo a tu casa, abuela. Soy la encargada de venderla, ya que ninguno de los primos quiere hacerse cargo de ella. He abierto las contraventanas y los hilos de luz me han devuelto a aquellos años. La cocina sigue oliendo a tus bizcochos. En la chimenea se alinean fotografías de una infancia lejana, como si el tiempo se hubiera detenido. Cada rincón me trae un recuerdo tuyo. Subo a tu habitación y allí está tu cama, con las sábanas planchadas y perfectamente colocadas. Me quito los zapatos y me subo a ella. Me pongo de pie, cierro los ojos y estiro el brazo. No necesito saltar. “Abuela ya puedo tocar el techo. Y he descubierto que me he hecho adulta. Y tengo que decirte, que no es tan maravilloso”.