La ráfaga de viento sabía que podía viajar a lo largo de todo el territorio conocido, desde las estepas heladas hasta las selvas frondosas. No tenía fronteras.

Bueno, sí. Había un lugar al cual sus ancestros le habían prohibido llegar. Se llamaba El pueblo de papel. Ninguna brisa, soplido ni tornado habían cruzado aquel lugar misterioso.

Su curiosidad hizo que una mañana oscura atravesara la muralla de la ciudad, brillante y colorida recubierta de celofán, cruzara las calles recubiertas de letras sin sentido, entrase en las casas y jugueteara saliendo por las chimeneas de cartón.

A su paso, la ráfaga de viento sacudía papeles de cartoné, levantaba las letras al aire y movía los folios de los árboles. Las pajaritas de papel emprendieron el vuelo asustadas por el extraño sonido. La ciudad poco a poco, se fue deshaciendo como un castillo de naipes.

Desde aquel día, llegan historias de una ciudad fantasma, la ciudad del viento. La ráfaga de aire huyó y vivió dirigiendo veleros hasta que dio su último suspiro.