Abrió la puerta de su casa y allí , sentado , estaba él. Había estado todo el día buscándolo sin descanso. Cada vez que desaparecía, se le hacía un nudo en el estómago. Había aprendido a vivir sin su ausencia.

Todos sus recuerdos se escribían en su compañía. Recordaba aquel verano en el que descubrieron juntos un helado de pistacho, o el viaje a la montaña donde compartieron el saco durante la noche fría.

Había salido a la calle a recorrer los lugares donde solían verles juntos, con la vaga esperanza de encontrarle. Pero la tristeza le fue invadiendo conforme pasaba la tarde. Aquella noche, le tocaría dormir solo.

Entró en casa, cabizbajo, con la mirada perdida. Su madre estaba preparando la cena en la cocina. Le fue a dar un beso cuando de repente le soltó: – Mira Manuel, he lavado a tu peluche. Llévatelo a tu habitación y ven a cenar.