Ring, ring. Doce martillazos intermitentes rompen el silencio del lunes en el  aula. La puerta se abre y deja entrar una ráfaga de aire fresco y sonidos del cambio de clase.

—Es hora de terminar, chicos —les informo desde mi estrado.—Id entregando vuestros trabajos.

Les veo apurar los últimos instantes, atacando el folio en blanco a la desesperada. Veo sus ojos mirando el horizonte a la espera de una última idea venida del más allá. Sé que el análisis de texto de hoy  era complicado, pero quería ver hasta dónde podía estrujarles.

 Desde que hace tres meses acepté este trabajo en este instituto, tengo que confesar que disfruto viendo sus caras con cada nuevo examen. Sé sus debilidades y me lanzo a por ellas con placer. Siento su sudor frío por la espalda, veo cómo se les achinan los ojos cuando leen cada enunciado. Nunca había sido tan feliz. Lo de ser ya catedrático me da la tranquilidad de que ningún gilipollas cuestione mis métodos. Siempre defiendo que soy muy exigente y que si mis clases no superan la media de aprobados será porque el resto hacen la vista gorda con muchos de los chavales.

Hasta ahora, no he tenido problemas con ninguno de mis nuevos alumnos. No quiero volver a cambiar de centro. Recojo los trabajos y los coloco perfectamente alineados en la carpeta de cuero mientras los chicos abandonan el aula.

El eco me recibe en casa. Me quito los zapatos, los limpio con esmero y los coloco alineados en el zapatero. En la nevera me espera un filete como el de ayer, que preparo coles de Bruselas hervidas. Tengo 6 cajas botellas de agua con gas. Tendré que ir a comprar más no sea que se me acaben. Me siento en la mesa de cristal con mi plato de carne cortado en trozos pequeños. Coloco los trabajos en un lado de la mesa y mi comida en el otro. Con cada texto, un pedazo de filete. Es un truco para masticar 250 veces antes de tragar.

Voy por el cuarto trabajo cuando noto que me falta la respiración. Intento beber un sorbo de agua fría pero siento niebla en los ojos. No puede ser, no puede volver a ocurrirme. Lola, la nueva, la de la voz de pito. Me ha pillado por sorpresa. Y no una vez, hasta veinte veces lo repite. ¡Rematar las frases con puntos suspensivos! No puede hacerme esto a mí.

Creo que tengo que salir a la terraza a que me dé el aire. Pensaba que lo había superado. Mira que les expliqué al comienzo de curso que tenían terminantemente prohibido usar los apestosos puntos, pero esta tipa llegó a mitad de curso y ni se enteró. Pero no puedo dejarlo pasar. Es una tortura y tiene que tener su merecido. Si no, ¿quién va a poner freno a esta atrocidad de juventud? No puedo permitir que extiendan su mediocridad a las nuevas generaciones.  ¿Dónde habré metido el frasco? Aquí está, en la maleta llena de polvo bajo la cama. Con 0,15g será suficiente. Debo extenderlo bien por todo el folio, no puedo dejarla con vida.

 

Ring, ring. Once campanazos. Pisadas, ruidos de sillas y toses nerviosas.

—A ver chicos, ya tengo corregidos vuestros exámenes de ayer. En general, bastante flojos, como de costumbre. Mateos, Luis, Marta. Lola, toma hija, revísalo bien para el siguiente examen. A ver si puedes remontar.

Me siento en la mesa y observo. Su mano en el folio. Su índice en la boca. Ahora solo queda esperar.

 

Ring, ring. Ocho campanazos. Los bostezos del viernes se proyectan en el aula

—Chicos, ¿alguien sabe dónde está Lola? —pregunto con disimulado interés.

Esta vez, el arsénico solo ha tardado 3 días.