La pantalla del ordenador encendida. Una página en blanco espera a ser tatuada en negro con letras arial doce. El cursor parpadea mientras lo miro como abstraída. El miércoles se acerca irremediablemente, y tengo que presentar mi relato. Pero esta vez creo que no voy a conseguir tenerlo a tiempo, y la furia de él caerá sobre mí.

Anoche pensé que sería perfecto despertarme a las siete, bien temprano; una hora estupenda para desayunar tranquila y sentarme frente a mi pecé con el silencio de la casa dormida. Pero esta mañana el despertador rugió y lo apagué de un manotazo. Por la noche, mi mundo imaginario se había hecho sueño, llenándose de ráfagas destructoras, cámaras de congelación y catedrales derruidas. La noche había sido movidita y necesitaba descansar un rato más. Así que me volví a dormir, hasta que escuché a mis hijos zascandilear por la habitación.

—Mamá, ¿te levantas ya? ¿Nos haces tortitas para desayunar? Anda, venga…—dijo la pequeña.

¡Mierda, las once de la mañana! Adiós a mi planificación. Me levanto perezosa y me voy directa a la ducha. Las gotas calientes recorren mi frente, como queriendo despejarla de aquel sueño agitado y dejar mi mente limpia. Normalmente el agua me ayuda a inspirarme y los personajes de mis relatos cobran vida envueltos en una nube de vapor. Pero esta semana el trabajo se me ha atascado y me he retrasado más de lo normal. Siento como el tictac de mi reloj de pulsera me recuerda la cuenta atrás. Tengo que sacar un rato para escribir, me digo mientras me seco y me embadurno el cuerpo con crema de aloe vera. Cojo el cepillo de dientes y veo que el vaso deja una sombra negra y roñosa sobre el lavabo. Venga, mañana lo limpio, que me conozco y me lío, me digo, pero mi mirada se posa en el bote de Donlimpio y no hay vuelta atrás: mis manos restriegan como autómatas los sanitarios del baño. Ya puesta, repaso los altos de las puertas, total, solo me llevan un ratito.

Una hora después, bajo a la cocina y coloco el ordenador sobre la mesa. Enciendo la pantalla mientras bato los huevos junto a la harina, la leche y el aceite. Abro el Word. Mari Pili 10, titulo el nuevo texto, cuando de repente me salta un aviso a mi correo electrónico. Es martes y él ha enviado sus comentarios a los relatos de la semana anterior. Estoy deseando saber si mi pequeña trampa le ha gustado, creo que quedó ingeniosa y le sacará una sonrisa. Abrir la aplicación implica bucear entre los textos de mis compañeros, analizarlos y comprobar si mi criterio coincide con el suyo. Pero también implica dejar para después el comenzar mi nuevo texto. Tic tac, el segundero no deja de girar. Ostras, no le ha gustado. Pero nada de nada. ¿Y ahora cómo arranco un nuevo relato, con este jarro de agua fría? Aún quedan muchas horas por delante, seguro que luego encuentro el momento, porque ahora estoy bloqueada, mi cabeza gira como mis personajes inventados. De repente un olor a quemado inunda la cocina; una tortita negruzca va directa a la basura. Guardo el archivo en la carpeta de Relatos y apago el ordenador.

Cojo la toalla y las gafas de bucear y salgo a la piscina. Nadar me ayuda a concentrarme. Cruzo de un lado a otro el vaso de azulejos azules, dejando un rastro de espuma, mientras por mi cabeza transitan reinas del carnaval, profesores obsesivos y vecinas de piel crujiente. Ninguno es suficientemente bueno para el nuevo relato. Son las dos de la tarde y me empiezo a impacientar. Hacer la comida, tender la lavadora, teñirme el pelo y hacerme el bigote. Demasiadas cosas importantes por delante. Tic tac, la manecilla larga avanza, despacio pero sin pausa. Y yo sin haber escrito ni una sola palabra. Siento su aliento en mi nuca, me lo imagino con su taza de café solo y sin azúcar humeante sobre la mesa, esperando ansioso la llegada de nuestros relatos. Esperando el mío que no llega. 

Preparo ensaladilla rusa, que se la comen bien los niños. Tengo mayonesa de bote en la nevera, pero hoy prefiero hacerla yo.  Giros y desenlaces, arranques y metáforas emulsionan en mi cabeza. Me abro una cervecita, a veces me salen relatos simpáticos cuando estoy achispada. Devoro el primer plato y repito un poco más. Rebaño bien con pan recién horneado; hoy me ha quedado estupendo. Llevo meses sin pisar una panadería, total, se prepara en un momento. He comido demasiado y el sofá me llama. Ya terminaré luego las cosas. El viento fresco entra por la ventana y me cuesta poco dormirme. Me despierto a las dos horas. Tic tac. La manecilla grande ha avanzado, las cinco, las seis, las siete. Mari Pili, no te va a dar tiempo, me digo. Me siento en mi mesa y abro el ordenador. El móvil se agita. Un guasap de la sueca. Me manda su texto para que le eche un vistazo. Me encanta, como siempre. Qué jodía, ya lo tiene terminado y yo aún sin tener claro ni el inicio ni el final, y del conflicto, ni hablamos.

Venga, puedo hacerlo, me digo a mi misma. Desconecto la wifi, apago el móvil, cierro la puerta y abro el archivo. Mari Pili  10. Una luz blanca y brillante me ciega. Una página inmaculada ocupa toda la pantalla. Tic tac, pasan los minutos y no consigo arrancar ni un solo juego de palabras. Ni siquiera una burda y manida frase hecha, de esas con las que él se retuerce en su silla. Ya no me importa que el resultado sea catastrófico. Al menos tendría algo presentado. Mi habitación se ilumina con la luz amarilla del atardecer. Luego se hace oscuro. Enciendo la lámpara de mi mesa. Son las diez de la noche, toca empezar a preparar las cenas y no he avanzado nada. Mañana madrugaré y lo escribiré con la cabeza fresca, me digo bostezando. No soy capaz de probar bocado, la angustia me aprieta el pecho, sé que me juego el todo o nada a una mañana inspirada.

—Mamá, despierta que es tarde. ¿Nos preparas tortitas? Vengaaaaa…

Son las diez de la mañana. Mierda, me quedan solo tres horas para entregar el relato. Me levanto deprisa, me lavo los dientes y recojo mi pelo en una coleta. Hoy no hay tiempo para una ducha. Les pongo leche con galletas a los niños y me preparo un café bien cargado. Enciendo el ordenador y abro el archivo Mari Pili  10. El cursor alargado de color negro parpadea sobre una página en blanco.