Un niño y su madre aguardan en la sala de espera de una consulta del hospital. La sala tiene paredes blancas, sillones blancos, suelo blanco. El niño viste un chándal de algodón de color blanco, con una gorra blanca. Tiene ocho años.

—Mamá, ¿me dejas la bolsa? —pregunta el niño.

—Sí, toma, pero recoge luego las cosas, ¿eh? —dice la madre

—Sí, ya sabes que lo hago

—Bueno…—dice la madre mientras le pasa la mano por la cabeza.

El niño mete la mano en la bolsa, y saca dos folios en blanco, un lápiz, una barra de pegamento y unas tijeras. Los deja sobre una mesa baja, blanca, junto a un folleto de información de la correcta higiene bucal infantil durante el tratamiento. Hace un rectángulo en uno de los papeles. Luego dibuja una ventana y una puerta.

—Esta será mi habitación

Después dibuja una cama en el otro papel. Con sábanas blancas, almohada blanca. Dibuja un pequeño peluche en forma de oso polar. Y recorta todos los elementos. Saca de la bolsa una barra de pegamento y pega la cama en uno de los laterales.

—Al lado de la ventana, eso. Me gusta despertarme y ver los árboles desde la cama —se dice el niño.

La madre le mira con curiosidad.

—Qué cama más grande. ¿Me dejarás dormir alguna noche contigo?

—Ja ja. Ya veremos —dice el niño

Dibuja en el papel un mueble blanco, con pomos blancos. Dibuja un jarrón blanco con pequeñas rosas blancas. Recorta todo y lo pega en el dibujo de la habitación. Sus pequeñas manos son blancas, como su cara, su cabeza. Hace tiempo que no deja que el sol sonroje su piel.

—¿Qué haces? —pregunta un niño que se acerca a la mesa. Debe tener un par de años menos, quizás tres. Tiene la piel blanca, la cara blanca, la cabeza blanca.

—Estoy dibujando mi habitación. ¿Te gusta? —dice el niño

—Si. Es blanca. Jaja

—Sí… —dice el niño. Mira al niño pequeño. Es muy pequeño, piensa. Demasiado pequeño.

El niño dibuja una mesa blanca, y coloca seis platos blancos, con seis vasos y seis sillas blancos. Agarra las tijeras y recorta despacio todos los elementos.

—Ala, cuantas cosas —dice el niño pequeño.

—Sí, en mi habitación caben muchas cosas. Voy a invitar a muchos amigos a merendar.

—A mí no me dejan recortar con tijeras. Mamá dice que puedo cortarme y…

—Claro. Pero si quieres puedes ayudarme a pegar. Mira, toma. Te dejo la barra de pegamento —dice el niño.

—¿Puedo…?

—Sí, así me ayudas, yo tengo que entrar dentro de nada…

—Mamá, ¿yo tengo que entrar ya? —pregunta el niño pequeño

—No, te queda un ratito aún, es que hemos llegado antes para no pillar atasco, pero nos toca esperar…—dice la madre del niño pequeño.

—Vale, pues voy a darme prisa. Mira, voy a hacer una librería, con libros. Y una alfombra…blanca—dice el niño, que los dibuja con cuidado y luego los recorta.

—¿A ver? —dice el niño pequeño mientras sigue pegando elementos dentro de la habitación blanca.

—Oye, falta lo más importante. Espera…—dice el niño.

Agarra el lápiz de nuevo y dibuja un niño. Tiene un chándal, con pantalones blancos, con sudadera blanca. Tiene las manos blancas, la cara blanca. Tiene una gorra y zapatillas blancas. No tiene cejas. Ni cabello. Lo recorta con cuidado, para no perder ningún detalle del dibujo bajo las tijeras. Le añade un pequeño rectángulo de papel bajo los pies

—Así se mantendrá de pie dentro de la habitación —le explica el niño a su nuevo amigo pequeño.

—Pareces tú…—le dice el niño pequeño mirando al niño a los ojos.

—Espera…

El niño agarra un pequeño trozo de papel que queda sin usar. Y dibuja a un niño más pequeño, con pantalón blanco, chaqueta blanca, cabeza, manos y cara blancas. No tiene cejas. Ni cabello. Le añade un pequeño elemento bajo los pies y lo recorta.

—¡Ese soy yo! —dice el niño pequeño emocionado.

—Eres mi primer invitado. Bienvenido —dice el niño.

Familia de Pablo Martínez, pasen a la sala de quimioterapia. La madre del niño se levanta. Pablo termina de colocar la figura de su amigo en su habitación.

—Venga Pablo, recoge que tenemos que entrar —dice la madre del niño

El niño mete las tijeras, el pegamento y el lápiz en la bolsa. Junta los trocitos de papel recortados que han sobrado, hace con ellos una bola de papel. Devuelve la bolsa de materiales a su madre y se levanta.

—Adiós —dice Pablo

—Adiós —dice el niño pequeño.

Pablo tira a la basura la pelota de papel usado antes de entrar en la sala de tratamiento. La puerta se abre y el niño entra junto a su madre.

El niño pequeño se queda solo en la sala junto a su madre. Se sienta de nuevo en el sillón blanco.

—Qué bien que hayas hecho un nuevo amigo —le dice su madre mientras le acaricia su cabeza blanca —.Seguro que le ves otro día.

—Sí…pero se ha dejado…—dice el pequeño mientras observa desde la distancia el trabajo que ha hecho Pablo.

Pasan cuatro horas. La puerta de la sala se abre de nuevo. Ahora, sentados, esperan otros niños. Tienen las manos blancas, la cara y la cabeza blancas. Pablo le da la mano a su madre. Está cansado. Tiene ganas de llegar a casa, tomarse un vaso de leche caliente y tumbarse en su cama a ver la tele. Está a punto de salir de la sala de espera cuando escucha

—Espera, vamos a poner un árbol…

Una niña de unos nueve años tiene su habitación de papel entre las manos. Ha coloreado de verde alrededor, como si fuera un jardín. Y ha dibujado flores de color rosa, amarillo, naranja. Tiene en sus manos un gran árbol con manzanas rojas y con pájaros de colores. Y está a punto de pegarlo junto a su habitación blanca.