Jorge abre la puerta de la casa de su madre y deja su abrigo en el perchero. Junto al de ella. La llama, pero ella no responde. Entra en la cocina. No hay pucheros al fuego. Hoy no huele a guisado. Todo está como lo dejó ayer cuando fue a visitarla. Entra en el salón. Su madre no está sentada con el libro en las manos. La ceniza del fuego de ayer sigue en la chimenea. Los cojines están perfectamente colocados de forma escalonada.

—Mamá — la llama Jorge—. Mamá, ¿dónde estás? ¿estás arriba?

Sube por las escaleras. Todo está en silencio. Se escucha únicamente el mecanismo del reloj del pasillo. De repente estucha algo. Tos. Tos seca. Jorge se apresura en llegar a la habitación de su madre. La puerta está entreabierta. Jorge la mira sin entrar, quieto en el cerco de la puerta. Ella está dentro. Metida en su cama. Dormida.

—Hola mamá —le dice Jorge, mientras le besa la frente.

La mujer abre los ojos despacio. La luz de la tarde la ciega.

—Hijo…hola.

—Anda que…¿estabas jugando al escondite o qué? —le dice mientras le aparta un mechón de pelo de los ojos

—Ay hijo. Es que estoy…

—Claro, ayer estarías de fiesta hasta las tantas…

La mujer se ríe. Tose. Saca un pañuelo del bolsillo del pijama y se lo coloca delante de la boca. Tose sobre él.

—Sí, una fiesta loca… —dice la madre de Jorge con una sonrisa.

—Mira que eres… Oye, ¿sabes qué? Hoy mi jefe me ha felicitado por mi último proyecto. Dice que estoy inspirado…

—Qué bien hijo —le dice la mujer dándole unas palmadas en la pierna. 

—¿Te acuerdas de que te hablé de una casa? ¿Una casa en Francia? El cliente es un señor obsesionado con cosas del pasado…

—No sé hijo…tienes tantos proyectos…—dice la mujer recostándose en la cama

—Sí mamá. Esa que te conté que me inspiré en el granero del abuelo. El del pueblo…

—¡Qué cosas tienes, hijo!

—De verdad. Ese granero tenía algo…

—Adoro los graneros desde que era niña.

—Sí, me acuerdo cuando me contabas las historias de ese granero. Cuando te escondías con el tío Luis para que la abuela no te obligara a ducharte.

—Si…es verdad. Pero…

—O cuando descubriste una caja con fotografías antiguas debajo de una tabla suelta. Debían de ser de tus abuelos…

—Si…¿aún te acuerdas de todo aquello?

—Claro mamá. Me encantaba que me contaras…

—Siempre hemos hablado mucho tú y yo.

—Sí… —dice Jorge. Luego coge la mano a su madre y la acaricia con su dedo pulgar. El reloj del pasillo marca el ritmo.

—Hijo…

—Mamá, cuando termine la casa, quiero que vayamos a verla.

—…

—Podemos aprovechar a ir cuando termines las sesiones, que seguro estarás mejor —dice Jorge.

—Pero…está…

—En Francia…ya. Está un poco lejos. Pero podemos hacer paradas por mitad del camino, en Barcelona, en Toulusse…no tenemos prisa, ¿a qué no?

—Claro hijo…

—Y puedo mirar restaurantes ricos, de esos que te gustan. Y darnos un capricho. Un viaje gastronómico. ¿Qué te parece?

—Suena bien…pero… 

—Nada, por el dinero no te preocupes, este proyecto está muy bien pagado. En algo me lo tendré que gastar. Que siempre me dices que el dinero en el banco se pudre…

—Sí…esa frase es mía —la mujer se ríe. Le viene la tos. Tose sobre el pañuelo. Lo deja a su lado —. Esa frase la decía mi madre…

—La abuela tenía unas cosas…el banco lleno de dinero con gusanos, ¿te imaginas? —Jorge se ríe.

—¿Has comido ya, hijo? —le pregunta la mujer—. Estás muy delgado…

—Bueno, ya.  Este verano voy a ser la envidia en la playa, con este tipazo…

—Hijo, no me hagas reír que me viene la tos…

—Ya, es verdad, perdona mamá….

—¿Has comido ya? —le vuelve a preguntar la mujer.

—No, todavía no. Vine desde el trabajo directo…

—Hice de comer…ah no…—la mujer se queda en silencio.

—Mamá…

—…

—¿No comiste todavía? Mamá…

EL reloj del pasillo marca la nueva hora. Uno, dos, cinco. Cinco golpes secos. Las cinco en punto de la tarde.

Jorge levanta la vista hasta la ventana. Los árboles se agitan fuera mientras pierden una a una las hojas de sus ramas. Fuera se escucha pasear a los padres con sus hijos recién salidos del colegio. Se oyen pequeños pasos sobre el crujir de las hojas. Palabras aceleradas. Entrecortadas por las palabras de los otros niños. El paso de los vehículos por la calle, que, al girar la esquina, desaparecen.

Jorge vuelve la mirada a su madre. La mira. La ve. Junto a su mano, reposa el pañuelo. Tiene restos. Restos rojos. Restos de sangre. Junto a su mesilla, su dispensador de pastillas. Es día veinte. Más de la mitad de los huecos están vacíos.

 Su mandíbula está entreabierta, como queriendo atrapar el aire de la habitación. Sus brazos, esos que le sostuvieron tantas veces, son dos finos huesos anclados a su cuerpo. Tiene la mirada perdida hacia el fondo de la habitación. Su mirada azul se ha convertido en un mar revuelto. Una lágrima resbala sobre la mejilla de Jorge. Dos. Diez. Agarra con delicadeza la mano de su madre. La acerca a su mejilla. Se acaricia con ella. Se la lleva a la boca, la besa. La besa una y otra vez.

Su madre le mira. El mar revuelto se desborda por sus mejillas. El reloj no suena dentro del cuarto.  

—Hijo, ayúdame a levantarme —le dice la mujer de repente.

Jorge saca un pañuelo de su bolsillo y se suena.

—Espera que te acerco las zapatillas—dice Jorge.

—Vamos a la cocina, creo que queda algo de ayer para que comas.

—Y tú comerás también, ¿no mamá?

—No tengo mucha hambre, hijo…

—Mamá…

—…

—Bueno, ahora vemos. Ponte la bata que hace frío —dice Jorge.

Jorge camina hacia el pasillo. Su madre posa su mano en su hombro y bajan las escaleras juntos. El reloj sigue marcando el ritmo hasta que llegan a la cocina. La mujer se sienta en un taburete mientras Jorge busca en la nevera.

—Mira, hay guiso de carne. Lo caliento…

—Esa receta me la enseñó a hacer tu abuela, en el pueblo.

—Esta carne me encanta. Está muy rica, mamá.

—Sí…sí que lo está.

Jorge pone una cacerola al fuego y vierte el guiso. El sonido del borboteo rellena el espacio. Jorge pierde la mirada entre las burbujas. Burbujas que se crean y explotan.

—Huele bien. ¿Sabes qué, hijo? —dice su madre.

Jorge levanta la vista y la mira.

—Dime mamá.

 —¿Sabes lo que te digo? Cuando esté bien, iremos a ver tu granero. Iremos juntos a verlo.