—Mari, Mari estoy aquí — dijo Pepa, levantando los brazos para hacerle señales. Llevaba un bikini nuevo con un generoso escote.

—Hola, hola—dijo Mari, mientras colocaba con torpeza su tumbona junto a la de Pepa. Pinchó la sombrilla en el soporte y dejó la bolsa de la merienda a su lado. Se quitó la camisola y se quedó en bañador.

—Mari, madre mía, ¿hace cuánto que no te veía? Estás…

—Ay Pepa, ¿me ves muy gorda? —dijo Mari. Se llevó las manos al abdomen y apretó sus michelines sobre el bañador.

—No mujer, has engordado pero…¿hace cuánto que no nos veíamos?

—Madre mía, sí, un montón. Es increíble, creo que…desde marzo, cuando la mudanza de…

—Es verdad. Con lo majo que era. No entiendo cómo ella lo echó de casa.

—No mujer, no hizo eso —dijo Mari. Metió la mano en la bolsa y sacó un paquete de patatas —.¿Quieres?

—No, no, quítame eso de la vista —contestó Pepa —. Dicen que fue de mutuo acuerdo, pero la que se ha quedado con la casa es ella, vamos, una lista…

—Shhh no hables tan alto, que está ahí.

—Anda, no la había visto. Como está ahí sola, y sin la sombrilla ni nada —dijo Pepa levantándose las gafas de sol.

—Ya hija. Ella sí que tarda poco en recoger, con tan pocas cosas.

—Calla, calla. Ésta vendió media casa. Un día me metí en Wapapop y vi que vendía sus muebles. Me recordaba al anuncio ese que tiraban las cosas por la ventana…¿te acuerdas?

— ¡Qué bruta eres Pepa! Sí, jajaja. Me acuerdo.

—Si vendió muebles buenos y todo… y bien baratos. Creo que necesitaba dinero. Es que desde que dejó su trabajo… Bien tonta fue, que buenos cuartos ganaba, que una amiga mía trabajaba con ella.

—Bueno, hay veces que el dinero no lo es todo —dijo Mari metiéndose una patata en la boca.

—No lo será para ti, maja. Creo que algún mes pagó tarde el alquiler.

—Oye qué calor hace hoy, ¿no? No se puede ni caminar por la calle. Menos mal que tenemos la piscina abajo —. Mari se secó con la mano el sudor que le bajaba por la frente.

—Hablando de caminar, ¿la has visto alguna vez cuando sale a la calle con la cámara? Parece que va como ida…¿la has visto?

—Sí, la he visto desde la ventana. Hace fotos raras, bueno, a cosas normales. A las farolas, a los cables, a las casas…creo que quiere trabajar como fotógrafa…

—¿Qué sabrá ésta de fotografía? Ver para creer. Tienen una cámara y se piensan que son artistas…

— Pues no te creas, no lo hace mal…

—Querida, ahora me vas a decir que sabes de fotografía —dijo Pepa mientras se daba aire con un abanico amarillo. De repente algo le cayó en la cabeza —. Estos niños…¡niños, por Dios¡ , ¿queréis dejar de tirar arena? Dónde estarán sus padres, que no les dicen nada.

—Bueno, saber no sé … Pero me gustan sus fotografías…

—¿Y se puede saber dónde las has visto?

—Pues es que un día volviendo de trabajar me la encontré y nos saludamos. Y con tan mala suerte que se tropezó con un bordillo. ¡Para haberse matado!, si no la llego a agarrar… se hizo daño en el tobillo y la acompañé a su casa.

—¿Entraste en su casa? ¿Cómo la tiene ahora? —preguntó Pepa mientras meneaba el abanico con fuerza. —Hija qué calor hace, termina y nos damos un baño.

—Bueno, sí, la acompañé a la puerta de su casa. La tiene casi sin muebles…

—¿Ves? Lo que te decía yo…— dijo Pepa con una sonrisa.

—Solo tenía fotografías colgadas en la pared. Le pregunté si eran suyas…

—Sí, suyas, mira que eres ingenua…

—Que sí, que sí. Me dijo que cuando era joven había estudiado fotografía pero que luego…

—Ya, que luego vio que así se moría del asco.

—Bueno, sí, no sé. Me dijo que ahora era el momento de intentarlo.

—Vaya tontería. Ésta, en lo que nos damos cuenta, deja de pagar el alquiler y la echan. Ya te lo digo yo.

—Cómo eres Pepa, cuando se te cruza alguien…a mí me gustaron…

—Qué tontería seguir con esta conversación, porque si no puedo verlas, no te voy a decir que sí como a los tontos.

—Ya…bueno…espera, que sí. Espera. Vamos a mirar su estado…

—¿Qué dices? —preguntó Pepa.

—Mujer, en su estado de watap. ¿No sabes lo que es? —preguntó Mari divertida. Mira…—Mari le acercó su móvil y le enseñó una fotografía en blanco y negro.

—Y me dirás que esto es arte. Ya sabía yo. Esto lo podría hacer…hasta un niño —dijo Pepa apartando la pantalla.

Mari se quedó unos instantes viendo aquella fotografía. Una corriente de agua mojaba la suela de unas botas sucias de barro. Desgastadas.

—Anda, deja de mirar eso y vamos a la piscina, que los niños se han ido a merendar y ahora no molestarán —dijo Pepa de pie, mientras se quitaba el sombrero y se ajustaba la braga del bañador. Se alejó hacia la piscina.

Mari dejó el móvil en la bolsa, se metió una patata en la boca y se levantó con la ayuda de los reposabrazos.

—Vamos, que en nada están los niños de nuevo. ¡Las he visto más rápidas! —gritó Pepa desde el borde de la piscina

Mari empezó a caminar hacia la piscina. Pasó junto a la toalla de su vecina. Ella estaba tumbada boca arriba, con los ojos cerrados, como dormida. Mari la miró y se fijó que estaba más delgada, se le notaban las canas. Pero la vio relajada. Descansada.  De repente algo llamó su atención. Una revista. Junto a ella. Una de esas revistas de fotografía que se compran en las tiendas de libros. De las caras. Y en la portada, una sola imagen. Aquella imagen. En blanco y negro.

Mari continuó hacia la piscina. Pepa en el agua, dando brazadas con el pelo recogido en un moño alto y con las gafas de sol puestas. Mari se quitó sus chancletas. Las estrenaba hoy. Miró sus pies recién arreglados, cuidados, sin una sola marca. El suelo ardía abajo. Aguantó un segundo. Dos. Diez. Dejó que el calor la recorriera. Miró al horizonte. Respiró profundo. Dio tres pasos y saltó al agua. De bomba.