Guillermo, un erudito experto en Shakespeare, elige su corbata, se peina para dar volumen a los tres pelos de su cabeza y se perfuma  con Barón Dandy, ese aroma atemporal que gustaría hasta al mismísimo dramaturgo. Su amigo Carlos le había concertado el encuentro con una chica que conoció en la biblioteca. Ella era una fan absoluta de Wilde, siempre vestida con pieles y terciopelo. Estaba convencido de que estaban hechos el uno para el otro y que era lo suficientemente friki para salir con su amigo. La cita sería en la vieja cafetería de la universidad. Isabel llevaría una pluma en la solapa. Él, una maleta roja y redonda.

A las cinco en punto se encuentran frente a la puerta y se reconocen al instante. Localizan una mesa discreta y piden sendos tés con sándwiches  de chorizo; se habían acabado los de pepino. Comparten gusto por los clásicos ingleses, y hablan sin parar de libros y películas. Con el segundo té, Guillermo siente que es el momento de hacer las presentaciones. Abre su maleta metálica y coloca su objeto más preciado sobre la mesa. Isabel da tal respingo que por poco se cae de la silla.

-Esta es Julieta, le dice nervioso.

Una calavera mira a la chica de forma desafiante.

–Tengo que contarte que si salimos juntos, necesito que sepas que ella siempre estará a mi lado. Me ducho, como, incluso duermo con Julieta. He luchado mucho por tenerla a mi lado, ya que mi anterior pareja quiso apartarme de su lado.  Sin ella no encuentro el sentido a la vida. Dicen que el mismísimo Shakespeare la tuvo durante años en su habitación y que fue ella la que inspiró aquel Ser o no ser. Así que te pregunto Isabel : ¿quieres compartir con nosotros tu vida?

En ese momento Isabel saca un cuadro de su bolso.

-Será una relación a cuatro Guillermo, porque para mí este retrato mío es como mi pasaporte, viene conmigo allí donde voy. Necesito su mirada para tomar cualquier decisión. Creo que entenderás su valor y me siento en paz de poder compartirlo con alguien.

Guillermo asiente. Ha encontrado a su alma gemela.

Y allí, en aquella pequeña mesa, se dan su primer beso, ante la atenta mirada de una cara sin ojos y de un lienzo que esboza una sonrisa.