Me siento a compartir una reflexión que lleva días rondándome por la cabeza. Siempre me he considerado una buscadora, pero sin llegar a caer en la locura. Cuando algo me da vueltas por la cabeza, busco y rebusco hasta dar con ello. Pero hay una cosa que me paraliza y me frena en seco. ¡Ay amigo! Como tenga hambre, mis ganas de buscar terminan rápido. Chimpún. Mi chico a veces se cabrea conmigo cuando vamos en busca de un restaurante para comer y me puede el hambre, y digo: ¡Éste mismo vale!, sin dar opción a buscar más allá de la esquina. Será cosa del azúcar, mi amor. He conocido a personas cuya búsqueda resultaba casi enfermiza, llevándoles a abandonar cualquier atisbo de comodidad y emprendiendo un nuevo viaje en busca de una vida idealizada y creo que irreal. Cada uno, lleva una búsqueda a sus espaldas.Todos hemos buscado algo, nuestro futuro profesional, nuestra estabilidad emocional, nuestros hogares, nuevos proyectos, nuevos trabajos, nuevas ciudades o países, nuevos amigos. La vida nos va llevando de un lugar a otro, a veces por voluntad propia y a veces, siendo empujados por una ola que no podemos controlar. Siempre en un movimiento imparable.

Ahora me planteo otra circunstancia. Cuando uno es el que se queda en el mismo lugar y son el resto los que se mueven. Esto me acaba de pasar en mi trabajo. Tras unos meses de ausencia, obligada ausencia, he llegado a mi sitio, a mi misma mesa rodeada de dibujos de mis hijos y de mis dos bolitas de Chimpún. Y todo mi alrededor, es nuevo. Tengo un nuevo jefe, y nuevos compañeros. Mi lugar ha cambiado radicalmente. He pasado de tener un@s compañer@s con l@s que no hacía falta decir las cosas, sólo con mirarnos sabíamos en qué estado estábamos. Ahora, voy a tener compañeros chicos, nuevas personas con las que pasaré casi el mismo tiempo que con mi familia. Y aquí es donde toca volver a sembrar, a abrirse a otras circunstancias, toca volver a empezar. Confieso que cada vez me cuesta más, porque llevar muchos años en una misma empresa hace que seamos testigo de muchas idas y venidas de gente. Y hay personas que nos tocan, nos calan hondo y es muy difícil volver cada mañana y saber que no estarán con nosotros. Hay quien me dice que debemos mirar hacia adelante, pero chico, somos personas y no ladrillos, y somos lo que somos por cada persona que nos ha marcado en la vida. Siempre he pensado que en esto de las despedidas, el que se queda más desencajado es el que permanece en el mismo lugar, porque debe hacer frente a la ausencia de las personas queridas y a los recuerdos que cada rincón, nos las acercan a nuestra memoria. Estoy segura de que en unos meses, volveremos a sentir de nuevo el departamento 5.0 , como tantas veces anteriores.

Porque tengo claro que cada lugar, ya sea nuevo o en el que llevas años sentado, lo construyen las personas que pasan cerca de nosotros.

Reflexiones acerca de mi último libro Un lugar para Gusti.

2019 Ocho en punto editorial.

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