Mari aparca el coche, agarra su bolso, cierra la puerta y camina hacia la frutería. A esa hora es difícil encontrar un sitio cerca, todas intentan ir a comprar cuando dejan a los niños en el colegio.  Pepe la saluda con la mano mientras pesa la fruta de otra mujer. Mari lleva puesto unos vaqueros con un blusón que le tapa sus grandes caderas.

 

 —¿Todo bien, guapa? —le pregunta el frutero.

—Sí, todo bien. Voy a ver si compro algo para la cena —le dice Mari, mientras coge una cesta para la compra.

—Vale guapa, si no ves algo, me preguntas.

 

 La fruta brilla, colocada en sus estantes. Es final mayo, y empieza a llegar la fruta de temporada. Ciruelas, albaricoques, cerezas. Pepe no ha puesto el aire acondicionado aún, y hace calor dentro. El olor de los limones se mezcla con el de los trozos de melón recién cortados para las clientas. Las cebolletas tiernas eclipsan el olor las nectarinas. Las voces de las mujeres se arremolinan en el interior, como embriagadas por la acidez y el dulzor. Mari se cruza con algunas vecinas. Las saluda con un tímido qué tal. Camina por la frutería, pero de repente siente un ligero mareo, como si el suelo temblara. Se fija en las mujeres, que siguen hablando sin percatarse. Serán cosas mías, se dice.

 Mari va hacia el fondo de la frutería. Perdón, dice cuando se cruza con alguna mujer, al rozar con su cuerpo en ese pasillo estrecho. Puerros y acelgas, piensa. Esta noche me hago un hervido. Sin patata ni nada. Pero a mitad de camino, se para. ¡Si hay nectarinas ya!, piensa. Con lo que le gustan a Felipe. Seguro que se alegra cuando venga esta noche a cenar. ¡Ah no!, que esta noche no cena en casa, que tiene jaleo. Vaya mes lleva, no le veo el pelo. Bueno, están algo duras, las dejo fuera y mañana que se las coma. Mari se pone los guantes y mete una y otra, dos nectarinas en una bolsa de plástico.

 

 —Vaya pepinos tengo hoy, chicas —grita Pepe. Se escucha reír a las mujeres.

—¿Pero son de temporada? —pregunta una chica desde la mitad de la frutería. Va vestida con vaqueros pitillo y blusa ajustada. Tiene el pelo rubio.

— Compra, compra, que no verás una cosa así en casa—dice Pepe, riendo desde el mostrador.

—Jaja, cómo eres Pepe. Si yo te contara… venga, me llevo un par y los pruebo luego—dice la chica, sonriendo al frutero.

 

 Mari se fija en ella. No la había visto antes. Es mona, piensa. No sé cómo hacen esas chicas monas para no engordar. Mira su cesta, aguacates, lechuga, patatas. De repente, el suelo empieza a temblar de nuevo. Se apoya en la mesa central, siente que todo se agita. Pero mira a las mujeres que hablan, llenan las bolsas y no parecen notar nada. Mari cierra los ojos un instante y siente cómo los cuerpos pasan a su lado, la rozan, siente el olor dulzón de sus colonias baratas. Siente el sonido de las bolsas de plástico, de sandalias que chanclean, siente olor de mujer mayor. Abre los ojos de nuevo, y observa. Es la única que está quieta en mitad de la frutería. Las mujeres giran a su alrededor, cargadas con bolsas cada vez más llenas.

 

 —¿Cómo están las nectarinas, Pepe? —pregunta la rubia a gritos.

—¿Para cuándo las quieres? Están un poco verdes aún…

—Las quería para hoy, para la noche…

—Para hoy no estarán…¡espera!, que te busco dentro, que creo que tengo una caja más madura.

—Vale, ponme…ponme cuatro, por ejemplo. No sé. Somos dos.

—Sí mujer, cuatro está bien. Ya me dices si te gustan.

 

 Mari coge la cesta y camina hacia el fondo de la frutería. Un ruido llama su atención. Un ruido sordo. Como de piedras. Se para frente a una montaña de manzanas. Amarillas. Brillantes. Pone la mano en el estante y siente cómo tiembla la madera. Las manzanas empiezan a agitarse, unas contra otras, pasan de estar tersas a tener un aspecto blando, marchito. Es como si una fuerza venida desde el fondo del estante las estuviera impulsando hacia fuera. Las manzanas empiezan a desparramarse en el suelo, como si fuera una lava amarilla. Mari las mira, sin poder hacer nada. Mira hacia un lado y al otro, nadie la mira a ella. Las manzanas se estrujan en el suelo. Su jugo lo inunda todo. Mari da un paso hacia delante. Mira al fondo del estante. Solo queda una manzana, marrón, blanda. La coge entre sus dedos. Algo se mueve ahí dentro. Se acerca la manzana a los ojos. Un gusano, del grosor de una pajita, devora la manzana. Se contonea. Una manzana podrida.

 Mari tira la manzana al suelo. Contiene una arcada. Se da la vuelta y camina hacia la puerta. Las sandalias se le quedan pegadas al suelo. Le cuesta avanzar. Se agarra a la mesa central. Coge un mango. Está blando. Lo espachurra con las manos. El jugo recorre sus dedos, sus brazos. Lo tira al suelo. Da un paso, otro, se acerca a una mujer y la aparta con la mano. La mujer la mira espantada, le ha manchado el vestido. Mari se mueve como a cámara lenta. Se abre camino entre las mujeres, sus pechos, su culo se bambolean. Lleva la blusa empapada de jugo. Mari llega a la entrada, deja la cesta en el mostrador y sale por la puerta, le falta aire. Ya fuera, se apoya en el cerco, respira profundo, despacio. Pepe la mira sorprendido.

 

 —Mujer, ¿no te llevas las nectarinas?

 Mari se pone derecha, se recoloca el blusón y le mira a los ojos.

 —No Pepe, ya me compraré melocotones cuando estén de temporada.

 

Inma Muñoz