Temblor

La pared tiembla. Son las nueve de la mañana. Del sábado. Coño, no me puedo creer que Joaquín esté ya con las obras, pienso mientras me tapo la cara con la almohada. Van a despertar a María, y quería que durmiera más. Dónde quedarán aquellos sábados en los que ella y Lucía se iban a pasar el día con los abuelos y me quedaba solo en casa. Ahora me toca entretenerla. Y no sé cómo hacerlo. Nunca lo he hecho. Tampoco lo supe hacer con Lucía.

Los golpes de la maza retumban en toda la casa. Me siento en la cama, apoyado sobre el cabecero de madera. Me fijo en los cuadros, cómo se agitan con cada impacto. Y de repente, se hace el silencio. Un minuto, dos, cinco. Vuelvo a taparme con la manta y cierro los ojos, pero al instante escucho que mi puerta se abre.

—Papá, levántate ya —dice María, abrazada a su peluche.

—María, ¿ya estás despierta?

—Tengo hambre, papá. Levántate ya.

—¿Por qué no te duermes un poco más?

—Tengo hambre, mucha hambre.

—Vale, déjame cinco minutos —le digo sin ganas.

Escucho a María volver a su habitación y sacar los muñecos para jugar. Seguro que su madre está durmiendo tranquilamente, pienso. Me levanto, me pongo la bata y voy a la cocina. Le preparo un vaso de leche caliente. Abro el cajón de los desayunos y saco una caja de las galletas. Está vacía. Ahora recuerdo que se las terminó cuando vino el fin de semana pasado. Tendré que ir a comprar para la próxima, me digo. Yo me sirvo un café con leche y llevo los vasos a la mesa. Enciendo la televisión. Lucía nunca quiso tener una en la cocina, pero fue lo primero que hice cuando alquilé esta casa.

—Papá, ¿qué vamos a hacer hoy? —pregunta María con la boca teñida de blanco.

—Calla hija, déjame escuchar lo que dicen en las noticias.

—Pero eso es un rollo. Pon los dibujos…

—¿Te quieres callar? Mira, un terremoto en Murcia…

—Rollo, yo quiero jugar a algo.

—Cuando hay un terremoto, todo tiembla, ¿sabes? Son muy peligrosos.

—¡Joooo!

—Mira, ahora todo está tranquilo, pero muchas casas están destrozadas.

—Papá…

—Venga, pesada, pon los dibujos —le digo levantándome a fregar los vasos.

—Pero tú te quedas…

—No, me voy a trabajar un poco.

—Pero si es fin de semana…mamá siempre…

—Mamá ahora no está aquí y hacemos lo que digo yo —le digo con voz seria.

Me voy a mi cuarto y me siento frente al ordenador. Nadie me dice que recoja los papeles ni que pase el polvo a mi mesa. No veo su cara de acelga pidiéndome que pase la aspiradora. He aguantado mucho. Tenía que haber dado este paso mucho antes.

Me coloco los cascos y me pongo un vídeo de Youtube. Unos tipos haciendo un invento con materiales de la basura. La madre que les parió, vaya cabeza que tienen algunos. Luego me salta otro de un grupo de música de Senegal, y luego un trozo de un programa de televisión de entrevistas. Me paso un buen rato así, hasta que oigo gritar a María.

—Papá, ¿hacemos algo?

—Hija estoy trabajando…

—¿Aún?…

—Enciéndete la consola, venga.

—¿Y tú? Mamá no me deja jugar sola.

—Yo luego voy, empieza tú.

—¡Papá!

—María, no seas pesada.

La casa queda tranquila. Como el resto de los días de la semana. Solo se escucha la música del videojuego en el salón. Abro Facebook y empiezo a mirar en su perfil. Lucía con sus amigas. Lucía con María. Lucía. No parece echarme de menos. Yo tampoco a ella, pienso. Me suenan las tripas. Me levanto y voy a la cocina. Caliento en el microondas un poco de lasaña de Mercadona y la sirvo en dos platos. Enciendo la televisión y comemos mirando un documental.

—¿Qué tal te va en el colegio? —le pregunto masticando deprisa.

—Bien —dice María sin quitar los ojos de la pantalla.

—¿Tienes muchos amigos?

—Sí.

—¿Tus profesores son simpáticos?

—Papá, solo tengo profesoras.

—Y…oye…

—Papá, que no me dejas escuchar…

Seguimos comiendo en silencio. Le pongo en un vaso un poco de zumo y empiezo a recoger la mesa.

—María ahora cuando termines, te lavas los dientes y te echas una siesta.

—Noooo, no quiero dormir.

—Hija, estoy muerto de sueño, nos echamos un poco, solo un rato.

—¡Noooo!

—Venga, solo un ratito…

—Joooo, vale, ¡pero luego hacemos algo!

—Bueno…

Me lavo los dientes y me acerco al cuarto de María para arroparla. Es octubre y ya refresca dentro de casa. Está dormida. Voy a mi habitación y me tumbo. Leo un par de mensajes en el móvil, me quito las gafas y me quedo dormido.

De repente, la pared empieza a crujir. No puede ser Joaquín de nuevo. Abro los ojos y me quedo mirando el techo. No, este ruido proviene de dentro de nuestra casa. De la otra habitación. De la de María. Me levanto deprisa, me pongo las gafas y entro en su cuarto. Veo las sábanas agitarse. Los barrotes de su cama golpean la pared. La destapo y la veo temblar, con todo el cuerpo. De su garganta salen unos sonidos graves, hondos, no entiendo lo que dice. La giro hacia mi y veo su boca llena de espuma. Me quedo paralizado. Estoy solo. Su madre habría sabido que hacer. La intento abrazar para que pare, pero su cuerpo se mueve solo. Me quedo allí sin moverme, junto a su cama.

Después de dos minutos, termina de agitarse. Me meto en su cama y la abrazo. Su cuerpo ha perdido la forma, está como desmayada sobre mí. Intento despertarla, le doy una palmada en la cara, no reacciona. Le doy otra más fuerte, nada. La zarandeo con fuerza y la siento cada vez más lejos.

De repente, empiezo a temblar. Mi mundo se reduce a esa habitación, a esa niña, a María. Mi cuerpo se tambalea, el frío me invade, la agarro con fuerza. Siento que la pierdo entre mis brazos. Siento que mi vida se destroza a mi alrededor.

Me quedo un minuto, dos, cinco a su lado, acariciando su pelo liso. De repente la veo reaccionar, abrir levemente los ojos. La noto moverse despacio, siento su respiración más fuerte. El mundo deja de tronar a mi alrededor.

Consigo levantarme y volver a mi habitación. Alcanzo el móvil y llamo a urgencias. Llegarán en 5 minutos, me dicen. Llamo a Lucía y le cuento lo que ha pasado. Está fuera de la ciudad, pero me dice, nerviosa, que vuelve a Madrid en dos horas. No tardes por favor, te necesito, le digo.

Los médicos suben a María en la camilla y la meten en la ambulancia. Esperen, denme un minuto, les pido. Entro en casa corriendo y voy a su cuarto. Rebusco por su mesa, por las estanterías, por los cajones. Ahí están. Cojo las cartas del Virus y me subo a la ambulancia con ella, con María. Te prometo que luego haremos algo, hija.